lunes, 20 de octubre de 2014

Un dios salvaje (2011)

Ayer tuve el placer de revisar Un dios salvaje, divertida película dirigida por Roman Polanski y basada en la obra teatral homónima de Yasmina Reza, a la que, todo sea dicho, el cineasta franco - polaco supo sacar un excelente partido contando con un elenco envidiable en su día...

Curiosamente, lo que en ella comienza como como una educada discusión protagonizada por dos matrimonios a causa de una riña entre sus respectivos hijos se convierte en la excusa perfecta para sacar a relucir todo tipo de reproches, indirectas, pullas y trapos sucios entre los mismos adultos, hasta el punto de que cualquier comentario sin importancia es susceptible de originar un terrible estallido. Así que, paradójicamente, los que se supone que son adultos terminan comportándose como auténticos críos.

Asfixiados por las cuatro paredes del piso en el que se encuentran, único decorado que enmarca la acción y del que parecen no poder salir (como si una fuerza superior de inspiración buñuelesca lo impidiera), los cuatro pierden la compostura mostrando cómo son realmente tras esa fachada de cordialidad y serenidad, consiguiendo que la situación degenere en una auténtica pelea de gallos bajo la que se esconde una latente rivalidad familiar, que deriva a su vez en una insidiosa guerra de sexos para culminar en sucesivas batallas interpersonales. No hay ganadores ni perdedores, el ser humano ha involucionado a su estado más primitivo y ya es tarde para reprimirlo...

Fiel a su estilo, Polanski vuelve a mostrarnos esa atmósfera cargada que tan bien plasma en su cine. Es apreciable como respeta el texto original, trasladándolo minuciosamente a la gran pantalla para el gozo y disfrute de los espectadores, meros voyeurs que están espiando el conflicto sin haber sido autorizados a ello.

Si a todo lo dicho añadimos un sentido muy ágil de la narración, unos ácidos e ingeniosos diálogos y cuatro actores portentosos que rezuman profesionalidad por todos los poros, nos encontramos ante una cinta de esquema teatral que merece ser vista. Pura dirección, puro guion, y pura interpretación son motivos más que suficientes para creer en este dios salvaje que todos llevamos dentro...

Lo mejor: El detonante en forma de vómito.

Lo peor: Te quedas con ganas de más. 

Juanmez

lunes, 13 de octubre de 2014

Perdida (2014)

Valoración: Notable

Ver una película de David Fincher es sinónimo de permanecer en tensión durante todo el metraje, la mayoría de las veces juega con el espectador a su antojo, generando una atmósfera de intriga que le mantiene con el corazón en un puño; solo hay que recordar trabajos suyos anteriores para suscribirlo, tales como The game, Seven o El club de la lucha

En Perdida sucede lo mismo, Fincher pone al servicio de este exitoso best - seller, escrito por Gyllian Flynn, todos los elementos cinematográficos imprescindibles para generar incertidumbre con la suma precisión de un relojero suizo; y lo hace colaborando de nuevo con el mismo equipo de La red social: a saber, el director de fotografía Jeff Cronenweth (quien dota a la película de tonos ambientales apagados aderezados con estratégicos contraluces) y los músicos Trent Reznor y Atticus Ross (cuya banda sonora contribuye a realzar el clímax de suspense). 

Esto constata que cuando se conjuga la labor de grandes autores con un jugoso material para adaptar el resultado suele ser positivo, sobre todo teniendo en cuenta en este caso que la linea argumental es enrevesada y sorprendente a partes iguales; nada menos que un retorcido thriller psicológico que narra la investigación policial de la desaparición repentina de una mujer (Rosamund Pike) desde dos puntos de vista distintos: el de ella y el de su marido (Ben Affleck), desgranando la trama con un ritmo pausado que integra magistralmente los saltos temporales. Sin embargo, si se rasca un poco en la superficie de la historia (que ya de por sí es cautivadora), subyace en el guion una crítica explícita a la influencia de los medios de comunicación en la actualidad, así como una visión desgarradora y cínica de los matrimonios aparentemente perfectos...

En conclusión, se trata de una cinta correcta y bien dirigida donde la auténtica revelación es Rosamund Pike, indiscutiblemente. Su personaje es un suculento bombón con envoltorio oscarizable que ha sabido aprovechar con creces y que habrá suscitado las envidias de muchas compañeras de profesión, celosas por no haber sido las elegidas para interpretarlo. Lástima que Ben Affleck le dé la réplica, pues su innecesaria presencia afea el conjunto y le resta puntos.

Lo mejor: Rosamund Pike.

Lo peor: Ben Affleck.


Juanmez

lunes, 6 de octubre de 2014

La isla mínima (2014)

Valoración: Sobresaliente

Cada vez son más frecuentes los horripilantes casos de niñas encontradas sin vida en nuestro país, después de haber sido raptadas, torturadas y violadas en la mayoría de ellos; por no mencionar aquellas que directamente están desaparecidas, protagonistas sin quererlo de extenuantes procesos judiciales que no hacen más que prolongar la agonía de los familiares que las perdieron y en los que casi nunca suelen ser condenados los verdaderos culpables.

Alberto Rodríguez nos golpea con una de estas realidades en su último trabajo, un thriller trepidante ambientado en la década de los 80 que narra la investigación policial de dos chicas adolescentes que se han evaporado de la noche a la mañana en la zona de las marismas del Guadalquivir. Chicas adolescentes asfixiadas por el deprimente entorno agrario en el que residían, tentadas y engañadas con ofertas de empleo fraudulentas que aceptaban desesperadas de la mano de tipos sin escrúpulos, ansiando cualquier resquicio de libertad, aunque fuera pagando un precio que ellas mismas desconocían. 

El realizador sevillano demuestra sutilmente cómo en el ámbito campestre todo funcionaba (y sigue funcionando por desgracia en ciertas áreas) con sus mecanismos particulares ajenos al gobierno central, un sitio sin ley integrado por lugares inhóspitos donde los conflictos de intereses de carácter local se entrecruzaban inevitablemente con cualquier acontecimiento que se produjera y en donde la entrada de la democracia se daba con cuentagotas. Es decir, una España rural y analfabeta que se debatía entre la tradición y el cambio, que se resistía a aceptar los nuevos tiempos y en la que los fantasmas seguían pululando escondidos en las tinieblas. Eso es La isla mínima...

Sin embargo no todo queda ahí, pues la averiguación de lo sucedido por parte de los detectives llega a trascender considerablemente en la relación interpersonal que mantienen entre sí acentuando aún más sus caracteres: por un lado, un Raúl Arévalo comedido, representante de la nueva generación democrática (e idealista) que se estaba forjando por aquel entonces dentro de nuestras fronteras; y en contraposición un Javier Gutiérrez furibundo, torturado por su pasado, un pasado muy oscuro que por mucho que trate de olvidar o camuflar siempre acabará atizándole en la cara. Dos mentalidades por tanto diferentes, opuestas, y obligadas a trabajar codo con codo para resolver el que seguramente sea el caso más importante de sus respectivas trayectorias.    

Tensión a raudales, atmósfera opresiva muy en la línea de David Lynch, y un entramado en el que cada detalle es crucial son las claves de este whodunit donde nada es lo que parece, posicionándose de este modo como un claro caballo ganador de cara a la próxima edición de los premios Goya.

Lo mejor: Su impecable realización, destacando la magnífica dirección de fotografía de Álex Catalán (los planos cenitales son sublimes).

Lo peor: Difícilmente se librará de las incesantes comparaciones con la serie americana True detective, todo un lastre para una producción de altura como ésta.


Juanmez