lunes, 6 de octubre de 2014

La isla mínima (2014)

Cada vez son más frecuentes los horripilantes casos de niñas encontradas sin vida en nuestro país, después de haber sido raptadas, torturadas y violadas en la mayoría de ellos; por no mencionar aquellas que directamente están desaparecidas, protagonistas sin quererlo de extenuantes procesos judiciales que no hacen más que prolongar la agonía de los familiares que las perdieron y en los que casi nunca suelen ser condenados los verdaderos culpables.

Alberto Rodríguez nos golpea con una de estas realidades en su último trabajo, un thriller trepidante ambientado en la década de los 80 que narra la investigación policial de dos chicas adolescentes que se han evaporado de la noche a la mañana en la zona de las marismas del Guadalquivir. Chicas adolescentes asfixiadas por el deprimente entorno agrario en el que residían, tentadas y engañadas con ofertas de empleo fraudulentas que aceptaban desesperadas de la mano de tipos sin escrúpulos, ansiando cualquier resquicio de libertad, aunque fuera pagando un precio que ellas mismas desconocían. 

El realizador sevillano demuestra sutilmente cómo en el ámbito campestre todo funcionaba (y sigue funcionando por desgracia en ciertas áreas) con sus mecanismos particulares ajenos al gobierno central, un sitio sin ley integrado por lugares inhóspitos donde los conflictos de intereses de carácter local se entrecruzaban inevitablemente con cualquier acontecimiento que se produjera y en donde la entrada de la democracia se daba con cuentagotas. Es decir, una España rural y analfabeta que se debatía entre la tradición y el cambio, que se resistía a aceptar los nuevos tiempos y en la que los fantasmas seguían pululando escondidos en las tinieblas. Eso es La isla mínima...

Sin embargo no todo queda ahí, pues la averiguación de lo sucedido por parte de los detectives llega a trascender considerablemente en la relación interpersonal que mantienen entre sí acentuando aún más sus caracteres: por un lado, un Raúl Arévalo comedido, representante de la nueva generación democrática (e idealista) que se estaba forjando por aquel entonces dentro de nuestras fronteras; y en contraposición un Javier Gutiérrez furibundo, torturado por su pasado, un pasado muy oscuro que por mucho que trate de olvidar o camuflar siempre acabará atizándole en la cara. Dos mentalidades por tanto diferentes, opuestas, y obligadas a trabajar codo con codo para resolver el que seguramente sea el caso más importante de sus respectivas trayectorias.    

Tensión a raudales, atmósfera opresiva muy en la línea de David Lynch, y un entramado en el que cada detalle es crucial son las claves de este whodunit donde nada es lo que parece, posicionándose de este modo como un claro caballo ganador de cara a la próxima edición de los premios Goya.

Valoración: Sobresaliente

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