lunes, 24 de noviembre de 2014

Manhattan (1979)

Noviembre es uno de mis meses favoritos del año, quizás por el paisaje otoñal o tal vez por sus prolongadas noches, pero el caso es que desde siempre lo he asociado a la película Manhattan de Woody Allen, un clásico imperecedero y atemporal del que cada fotograma debería estar enmarcado en un museo. Por tanto, aprovechando que me encuentro en una semana muy especial, era obligado que hiciera mención a este peliculón en el blog.

Probablemente este film fuese crucial para el director a la hora de forjar el que hoy ya es considerado como un estilo único e inconfundible, que nunca pasa desapercibido y que aun sigue vigente en cada trabajo que hace. Allen acostumbra a retratar con mirada sarcástica y a modo de sátira los conflictos sentimentales e intelectuales de la clase media alta neoyorquina en la mayoría de sus películas, recurriendo para ello a una serie de temas predilectos y universales que a todos nos preocupan, como pueden ser el sexo, la religión, las fobias, el psicoanálisis o la mismísima muerte; contemplados siempre desde la más estricta visión personal que reside bajo sus inconfundibles gafas de pasta y, como no, a ritmo de jazz.

Manhattan supuso su consagración cinematográfica tras la magnífica Annie Hall, y en ella, como nos tiene acostumbrados, el propio Allen hace de protagonista, interpretando a un escritor insatisfecho de mediana edad que le sirve de excusa para analizar las relaciones amorosas en general y las de la alta sociedad americana en particular; incapaz de encontrar la felicidad aunque la tenga delante de sus narices.

Sus diálogos son ácidos, e ingeniosos, poblados de múltiples referencias culturales y dotados de una agilidad que puede rozar lo inverosímil. A nivel interpretativo, la dulce Mariel Hemingway por otra parte está fantástica, consiguiendo darle la réplica al mismo Allen incluso mejor que una joven (y por aquel entonces algo desconocida) Meryl Streep. 

De todos modos, lo más notorio de Manhattan es el innegable cariño que el realizador siente por la ciudad de Nueva York, a la que consigue convertir en un personaje más del film a través de una espléndida fotografía en blanco y negro y unos memorables planos que atrapan toda la belleza posible de la urbe (como aquel inolvidable en el que Diane Keaton y Allen están sentados en un banco debajo del puente Queensboro de la calle 52 esperando el amanecer). Toda una declaración de amor firmada por una acertadísima banda sonora de George Gershwin, de la cual destaca el tema Rhapsody in blue con la que abre la cinta.

Como dato curioso, a pesar de que es considerada una de sus obras maestras, el maniático y perfeccionista Allen terminó muy descontento con el resultado final hasta el punto de que no quiso estrenarla. Menos mal que se arrepintió y finalmente lo hizo porque es absolutamente maravillosa e indispensable en cualquier colección cinéfila.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Leviatán (2014)

A comienzos del siglo XX, Rusia era conocida por excelencia como el gigante con pies de barro, porque pese a que se la consideraba como una gran potencia europea, no dejaba de ser uno de los países más atrasados del continente europeo. Esto se debía fundamentalmente al absolutismo zarista, ligado a una inconcebible falta de libertades y, por consiguiente, a un freno en la modernización del país, controlado de forma opresiva por una sólida burocracia, una omnipresente iglesia ortodoxa y una policía secreta todopoderosa.

Por chocante y triste que pueda parecer, el director Andrei Zvyagintsev muestra en este crudo drama que, en pleno siglo XXI, la situación no ha cambiado ni mucho menos en la putrefacta Rusia de Vladimir Putin. Para ello escoge al Leviatán como interesante analogía de la corrupta y mezquina administración rusa, ese monstruo marino bíblico al que hace referencia el título de esta tragedia con mayúsculas. Un Leviatán que aguarda con cautela el momento oportuno para emerger de las profundidades en las que se esconde y así aniquilar a los débiles que encuentre, sin importarle cuáles sean sus circunstancias.

De este modo ya no queda salvación para una pobre e indefensa familia a la que amenazan con la expropiación de su propia casa, la cual quedaría en manos de un Estado enviciado que tiene intenciones de demolerla con la excusa de construir un nuevo templo para los fieles del remoto pueblo donde viven; una gran paradoja en la que ni siquiera Dios tiene cabida. Ya no existe el sentido común, los derechos no son más que pura ilusión, no hay excusas o justificaciones que valgan. El Leviatán solo deja tras de sí destrucción y ruinas, solo queda por tanto la resignación más perniciosa. 

Y como telón de fondo de este deprimente contexto se halla un marco incomparable: fríos y singulares parajes nórdicos, bellamente retratados por una magnífica dirección de fotografía, que se funden a la perfección con los sentimientos y emociones inherentes a los personajes; interpretados con acertadas dosis de pasión y serenidad a partes iguales por un elenco delicioso en el que destaca sin lugar a duda la actriz Elena Lyadova, catalizador indiscutible de la mayoría de acciones (y pasiones) que se desarrollan durante la película. Especialmente simbólico que sea una mujer, siempre asociada al origen del mal desde el mismísimo Génesis, la mayor responsable del destino fatalista al que inevitablemente está condenado su familia y del que difícilmente podrá salvarse, ya que el indestructible y eterno Leviatán sigue al acecho y todo lo devora a su paso...

Valoración: Sobresaliente