lunes, 10 de noviembre de 2014

Leviatán (2014)

A comienzos del siglo XX, Rusia era conocida por excelencia como el gigante con pies de barro, porque pese a que se la consideraba como una gran potencia europea, no dejaba de ser uno de los países más atrasados del continente europeo. Esto se debía fundamentalmente al absolutismo zarista, ligado a una inconcebible falta de libertades y, por consiguiente, a un freno en la modernización del país, controlado de forma opresiva por una sólida burocracia, una omnipresente iglesia ortodoxa y una policía secreta todopoderosa.

Por chocante y triste que pueda parecer, el director Andrei Zvyagintsev muestra en este crudo drama que, en pleno siglo XXI, la situación no ha cambiado ni mucho menos en la putrefacta Rusia de Vladimir Putin. Para ello escoge al Leviatán como interesante analogía de la corrupta y mezquina administración rusa, ese monstruo marino bíblico al que hace referencia el título de esta tragedia con mayúsculas. Un Leviatán que aguarda con cautela el momento oportuno para emerger de las profundidades en las que se esconde y así aniquilar a los débiles que encuentre, sin importarle cuáles sean sus circunstancias.

De este modo ya no queda salvación para una pobre e indefensa familia a la que amenazan con la expropiación de su propia casa, la cual quedaría en manos de un Estado enviciado que tiene intenciones de demolerla con la excusa de construir un nuevo templo para los fieles del remoto pueblo donde viven; una gran paradoja en la que ni siquiera Dios tiene cabida. Ya no existe el sentido común, los derechos no son más que pura ilusión, no hay excusas o justificaciones que valgan. El Leviatán solo deja tras de sí destrucción y ruinas, solo queda por tanto la resignación más perniciosa. 

Y como telón de fondo de este deprimente contexto se halla un marco incomparable: fríos y singulares parajes nórdicos, bellamente retratados por una magnífica dirección de fotografía, que se funden a la perfección con los sentimientos y emociones inherentes a los personajes; interpretados con acertadas dosis de pasión y serenidad a partes iguales por un elenco delicioso en el que destaca sin lugar a duda la actriz Elena Lyadova, catalizador indiscutible de la mayoría de acciones (y pasiones) que se desarrollan durante la película. Especialmente simbólico que sea una mujer, siempre asociada al origen del mal desde el mismísimo Génesis, la mayor responsable del destino fatalista al que inevitablemente está condenado su familia y del que difícilmente podrá salvarse, ya que el indestructible y eterno Leviatán sigue al acecho y todo lo devora a su paso...

Valoración: Sobresaliente

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