sábado, 1 de abril de 2017

El expreso de medianoche (1978)

Hay películas que trascienden, pasan los años y el poder de sus imágenes sigue grabado a fuego en tus retinas. Y una de esas cintas que provocan todo un desgarro a nivel visual es El expreso de medianoche, dirigida por Alan Parker poco tiempo antes de realizar la que sería para mi gusto su obra cumbre (The wall), y con guion de Oliver Stone (galardonado con un Oscar además) basado en el crudo relato biográfico de Billy Hayes, un turista estadounidense al que condenaron en los años 70 a la abusiva condena de cadena perpetua en una prisión turca por tráfico de hachís.

Como cabe esperar, la película es un duro drama carcelario que gira en torno a la desesperación y la impotencia de su protagonista cuando se cerciora de que está atado de pies y manos, sin poder hacer nada para recurrir una sentencia desproporcionada que le destroza la vida solo porque el gobierno turco se empeña en utilizar su caso para ejemplarizar en su incesante lucha contra el tráfico de sustancias que entraba y salía de sus fronteras.

En ningún caso durante el metraje se evidencia que el delito cometido sea justificable, sino más bien se limita a recrear fielmente por un lado las vejaciones a las que eran sometidos algunos presos en su día a día, y por otro, denunciar lo extremas que podían llegar a ser las sanciones en el régimen turco, hasta el punto en que seguramente su visionado dejaría a más de un aprensivo sin ganas de ir a Turquía al menos durante un tiempo.

El protagonista elegido para dar vida a Hayes fue Brad Davis, un joven bastante atractivo en su época que tenía un portentoso físico (muy bien aprovechado también por el cineasta alemán Fassbinder en la casi desconocida Querelle), pero dentro del elenco encontramos a Randy Quaid, dos décadas antes de enfrentarse a los extraterrestres en Independence day, y por supuesto al camaleónico John Hurt, que otorga una impecable interpretación de un drogadicto que desvaría y pasa olímpicamente de todo tras asumir que jamás podrá salir de allí.   

Aparte de su conseguida ambientación en la que se puede palpar a la perfección la tensión en la que vivían los reclusos, destacan su magnífica banda sonora, que va en perfecta sincronía con cada fotograma de la película, y el perfecto uso del maquillaje en el rostro de Brad Davis para que pareciese cada vez más y más demacrado.

Posiblemente, de entre todas las secuencias a elegir, la más fuerte sea aquella en la que Davis se enzarza en una pelea con el chivato de la prisión hasta arrancarle la lengua con sus dientes (difícil de olvidar), sin embargo a un servidor le impactó mucho más cuando él se masturba impulsado por un sentimiento primitivo y animal mientras observa en un vis a vis a su novia a través de un cristal porque no puede tocarla al estar encerrado. 

En resumidas cuentas, una obra maestra que ha perdurado y envejecido dignamente con el paso de los años...   

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